Por LEONEL MARTINEZ
San Cristóbal es una ciudad que se observa con orgullo y con vergüenza; lo primero es el pasado, lo segundo es el presente.
Caminaba al morir la tarde por su arteria central, yo miraba hacia atrás y veía la sombra viva de mi cuerpo, mientras no avanzaba con mis pasos la sombra muerta de la avenida Constitución, ya la habían matado. Sucumbe entre bares, cafeterías, tiendas, colmadones, casas de cambio y otros negocios. La sombra inerte de un camino asesinado me contempló con tristeza.
Atado por la confusión me detuve justo a donde antes existía una funeraria: ¡Oh sorpresa! –Dije en voz baja–. Aquí ya no velan muertos, pudieron despedir con lágrimas la Av. Constitución, pero ahora hay allí un bar con música estruendosa en el que los munícipes bailan y quién sabe si celebran el "progreso" de la principal calle del pueblo, ayer un orgullo, hoy una vergüenza.
De mi sombra viva o de la muerta se escucharon sollozos, mas las bocinas callaron los quejidos de un doliente que prosiguió su andanza y penetró en silencio a la iglesia parroquial. ¿Cómo ha podido esta avenida tan dignamente diseñada y cuidada durante décadas, convertirse en esta época en un símbolo surrealista del desorden?. Esta interrogante cayó sobre mi espíritu en la comodidad (incómoda) del banco que ocupaba al interior del templo. La misa transcurría y las palabras del sacerdote se perdían entre las brumas de recuerdos que asaltaron mis pensamientos.
Revisando mi memoria veía como capítulos de novela la avenida Constitución de tiempos de orgullo, erguidas palmeras en las isletas de su calzada, hermosas casas y residencias, negocios bien cuidados por sus dueños y entusiastas transeúntes que tertuliaban en las esquinas formadas con esta espina dorsal o corazón vial de San Cristóbal.
Vivir en la Constitución significaba una gran satisfacción. La sede de la Gobernación Provincial, el Casino, el hotel del mismo nombre, el Ayuntamiento, la Policía Nacional, el Correo, la Escuela Pública, el liceo Manuel María Valencia, los parques: de los Vagos, el Central, Piedras Vivas, y uno sembrado de caobas en la parte sur, al lado dela fábrica de ropas y tejidos Miss América.
¡El tiempo cambia! Es verdad, pero una ciudad con historia debe respetar sus íconos distintivos y la avenida Constitución era un emblema característico de San Cristóbal. ¡Qué pena! El progreso no debe ser una escoba que barra con indiferencia un tiempo pasado cimentado de bellas añoranzas. El urbanismo es un arte, así lo han concebido grandes arquitectos, dentro de los cuales los hay de San Cristóbal. Ustedes y nosotros debemos hacer la propuesta: rescatemos con urgencia la AV. Constitución, para sentirnos nuevamente orgullosos y para que termine la vergüenza de una avenida vilmente degradada.
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sp/am

